no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible

sombras
recintos viscosos donde se oculta
la piedra de la locura
corredores negros
los he recorrido todos
¡oh quédate un poco más entre nosotros!

—-Alejandra Pizarnik

Los muertos no emiten señales de ninguna suerte.
Mala suerte y paciencia,
puesto que la vida es un lapso de aprendizaje musical del silencio.

——Oliverio Girondo

El mundo se me entra por los ojos 
Se me entra por las manos se me entra por los pies 
Me entra por la boca y se me sale 
En insectos celestes o nubes de palabras por los poros  
Silencio la tierra va a dar a luz un árbol 
Mis ojos en la gruta de la hipnosis 
Mastican el universo que me atraviesa como un túnel 
Un escalofrío de pájaro me sacude los hombros 
Escalofrío de alas y olas interiores  
Escalas de olas y alas en la sangre 
Se rompen las amarras de las venas 
Y se salta afuera de la carne 
Se sale de las puertas de la tierra 
Entre palomas espantadas  

—-Vicente Huidobro  Altazor


Todo,
todo,
en el aire,
en el agua,
en la tierra
desarraigado y ácido,
descompuesto,
perdido.
El agua hecha caballo antes que nube y lluvia.
Los toros transformados en sumisas poleas.
El engaño sin malla,
sin “tutu”,
sin pezones.

La impúdica mentira exhibiendo el trasero
en todas las posturas,
en todas las esquinas.
Las polillas voraces de expediente cocido,
disfrazadas de hiena,
de tapir con mochila.
Las techumbres que emigran en oscuras bandadas.
Las ventanas que escupen dentaduras de piano,
cacerolas,
espejos,
piernas carbonizadas.

Porque mirad
sin musgo,
mi corazón de yesca,
qué hicimos,
qué hemos hecho
con nuestras pobres manos,
con nuestros esqueletos de invierno y de verano.

Desatar el incendio.
Aplaudir el desastre.
Trasladar,
sobre caucho,
apetitos de pústula.
Prostituir los crepúsculos.
Adorar los bulones
y los secos cerebros de nuez reblandecida…
Como si no existiera más que el sudor y el asco;
como si sólo ansiáramos nutrir con nuestra sangre
las raíces del odio;
como si ya no fuese bastante deprimente
saber que sólo somos un pálido excremento
del amor,
de la muerte.

—-Oliverio Girondo

"Decía mi abuelo: “Si no has atravesado el río, no te burles de quien se ahogó en él”."

— Alejandro Jodorowsky (via jodorowsky)

(vía somethingcameoverme)

Mi ser henchido de barcos blancos.
Mi ser reventando sentires.
Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos.
Quiero destruir la picazón de tus pestañas.
Quiero rehuir la inquietud de tus labios.
Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas horas? 

——Alejandra Pizarnik

Una mujer de senos apacibles, ante los que la lengua de la vaca resucita una glándula violenta. Un hombre de templanza, mandibular de genio, apto para marchar de dos a dos con los goznes de los cofres. Un niño está al lado del hombre, llevando por el revés, el derecho animal de la pareja.

¡Oh la palabra del hombre, libre de adjetivos y de adverbios que la mujer decline en su único caso de mujer, aun entre las mil voces de la Capilla Sixtina! ¡Oh la falda de ella, en el punto maternal donde pone el pequeño las manos y juega a los pliegues, haciendo a veces agrandar las pupilas de la madre, como en las sanciones de los confesionarios!

Yo tengo mucho gusto de ver así al Padre, al Hijo y al Espiritusanto, con todos los emblemas e insignias de sus cargos.

——CESAR VELLEJO

 ——Emil Michel Cioran

DEL INCOVENIENTE DE HACER NACIDO



¿sabes cómo le digo a mi

cuca? La miré curioso, esperando su respuesta, y dijo, la llamo «Juana la Loca», le puse ese

nombre porque tiene su propio cerebro y sus caprichos y yo soy su esclava, la abeja obrera

que le trae miel a la reina, la princesa demente que me da placer y me enseña cosas, me

enseña el mundo y cómo son los demás. A veces la oigo hablar, te juro, por orden de su

majestad, estimados varones, bájense los calzoncillos y preparen sus miembros, pasaremos

revista, cosas así, y entonces me dijo, ¿tú no le tienes nombre al tuyo? A ver, invéntale uno,

por favor, pero uno bueno, a ti que te gusta tanto leer. No sé, le dije, no lo había pensado, a

veces le digo «el lujurioso», pero ella protestó, no, tiene que ser un nombre de verdad, dale,

piensa en algo. Lo pensé un rato y le dije: hay un nombre en una novela de Anthony

Burgess que puede servir, ¿cuál?, preguntó ella, y le respondí, Holofernes. ¿Y eso qué es?

Es una historia de la Biblia, le dije, Holofernes fue un capitán asirio que invadió y esclavizó

un pueblo judío. Para liberarlo una mujer llamada Judith se hizo su amante, se acostó con él

varias veces hasta ganar su confianza y luego, después de un coito, le cortó la cabeza con

una espada. ¡Waw!, dijo Paula, me gusta la historia. La cabeza cortada del holof… ¿cómo

era? Holofernes, dije, la cabeza cortada de Holofernes. Y prosiguió: yo te bautizo en el

nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, e hizo la cruz sobre mi bajo vientre, puedes

ir con dios a dar placer y a regar con tu savia las sedientas entrepiernas del mundo. Para

celebrarlo agarró mi Holofernes y se lo metió a la boca, diciendo con solemnidad: en todo

bautizo debe haber agua o algo húmedo. Lo acarició un rato con la lengua y luego se trepó

hasta mi oído. Oye, te tengo un chisme. Creo que mi princesa loca se está despertando, baja

a saludarla, bésala en los labios.

FRAGMENTO El Síndrome de Ulises

——SANTIAGO GAMBOA

Siempre tuve miedo de dormir antes que ella, sin saber la causa. Aún adorándola, era algo así como dar la espalda a un enemigo. No podía so­portar la idea de dormirme y dejarla a ella en la sombra, lúcida, absolutamente libre, viva aún. Es­peré a que se durmiera completamente, acaricián­dola siempre, observando cómo el sueño se iba ma­nifestando por estremecimientos repentinos de las rodillas y el nuevo olor, extraño, apenas tenebroso, de su aliento. Después apagué la luz y me di vuel­ta esperando, abierto al torrente de imágenes.
          Pero aquella noche no vino ninguna aventura pa­ta recompensarme el día. Debajo de mis párpados se repetía, tercamente, una imagen ya lejana. Era precisamente, la rambla a la altura de Eduardo Acevedo, una noche de verano, antes de casarnos. Yo la estaba esperando apoyado en la baranda me­tido en la sombra que olía intensamente a mar. Y ella bajaba la calle en pendiente, con los pasos lar­gos y ligeros que tenía entonces, con un vestido blanco y un pequeño sombrero caído contra una oreja. El viento la golpeaba en la pollera, trabán­dole los pasos, haciéndola inclinarse apenas, como un barco de vela que viniera hacia mí desde la no­che. Trataba de pensar en otra cosa; pero, apenas me abandonaba, veía la calle desde la sombra de la muralla y la muchacha, Ceci, bajando con un ves­tido blanco.
          Entonces tuve aquella idea idiota como una obse­sión. La desperté, le dije que tenía que vestirse de blanco y acompañarme. Había una esperanza, una posibilidad de tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces. Yo no podía explicarle nada; era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué. Tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, en seguida. Todo esto era demasiado extraño y yo debía tener cara de loco. Se asustó y fuimos. Varias veces subió la calle y vino hacia mí con el vestido blanco don­de el viento golpeaba haciéndola inclinarse. Pero allá arriba, en la calle empinada, su paso era distinto, reposado y cauteloso, y la cara que acercaba al atravesar la rambla debajo del farol era seria y amarga. No había nada que hacer y nos volvimos.